
Este mes dejó en Santa Marta un debate que fue más silencioso que la violencia, pero no menos urgente: el impacto del turismo desbordado sobre el entorno ambiental de la ciudad. Durante ese mes, las alertas por el deterioro de playas, la presión sobre los ecosistemas y la falta de control institucional volvieron a ocupar la conversación pública, aunque sin respuestas de fondo.
El contraste resultó evidente. Mientras Santa Marta seguía siendo promocionada como destino natural y sostenible, en la práctica enfrentaba problemas estructurales como acumulación de residuos, sobrecarga en áreas protegidas y una infraestructura insuficiente para manejar la afluencia constante de visitantes. Octubre expuso, una vez más, la distancia entre el discurso turístico y la realidad ambiental del territorio.
Las medidas adoptadas por las autoridades, centradas en cierres temporales o llamados a la conciencia ciudadana, parecieron insuficientes frente a un problema que requería planificación, control y decisiones impopulares. La protección de espacios naturales terminó subordinada a la urgencia económica, dejando la sensación de que el desarrollo seguía avanzando sin un rumbo claro ni sostenible.
Lo ocurrido en Santa Marta durante octubre dejó una reflexión incómoda: cuando una ciudad vive del turismo, pero descuida su entorno, el costo no es inmediato, pero sí inevitable. El desgaste ambiental no siempre genera titulares urgentes, pero sus consecuencias se acumulan lentamente, amenazando aquello mismo que convirtió a la ciudad en destino y orgullo regional.
