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un año que terminó normalizando el miedo

Diciembre suele ser un mes de balances, y el de 2024 no es la excepción en Colombia. Mientras el calendario se agota entre celebraciones, luces y discursos de cierre, el país llega al final del año con una sensación inquietante: la violencia ya no sorprende, el miedo se volvió cotidiano y la inseguridad terminó integrándose a la rutina nacional.

A lo largo de 2024, los problemas estructurales no encontraron soluciones de fondo. Enero abrió con dudas sobre la seguridad; los meses siguientes confirmaron que esas dudas estaban bien fundadas. Grupos armados fortalecidos, economías ilegales activas, extorsión persistente y control territorial fragmentado marcaron el pulso del año sin grandes rupturas ni giros decisivos.

Diciembre, lejos de ser un mes de alivio, dejó claro que la violencia no toma vacaciones. En regiones y ciudades, los hechos siguieron ocurriendo incluso en medio de festividades. El cierre de año mostró que la inseguridad no depende del calendario y que las respuestas institucionales siguen siendo reactivas, temporales y, en muchos casos, insuficientes.

Lo más preocupante de este 2024 no fue solo la cantidad de hechos violentos, sino la forma en que fueron asumidos. El país aprendió a convivir con la extorsión, con los homicidios selectivos, con el desplazamiento silencioso y con la amenaza constante. La indignación fue reemplazada por la resignación, y esa transición resulta peligrosa para cualquier sociedad.

En el plano político, el año cerró con una agenda atrapada en la confrontación. Los debates se multiplicaron, pero las soluciones no llegaron con la misma intensidad. Diciembre evidenció una desconexión profunda entre la política institucional y las preocupaciones reales de la ciudadanía, que sigue exigiendo seguridad, justicia y oportunidades.

Para el periodismo, 2024 fue un año de resistencia. Informar continuó siendo un riesgo, especialmente en las regiones. Diciembre no ofreció garantías nuevas, pero sí dejó claro que el silencio impuesto sigue siendo uno de los principales triunfos de la violencia. Cada historia que no se cuenta es una derrota colectiva.

Cerrar 2024 implica reconocer una verdad incómoda: el país no perdió la capacidad de cambiar, pero sí la costumbre de exigir cambios reales. La normalización del miedo no ocurrió de un día para otro; fue el resultado de respuestas parciales, promesas incumplidas y una ciudadanía agotada.

Este año termina dejando una tarea pendiente para el próximo que comienza. Recuperar la indignación, reconstruir la confianza y volver a creer que la seguridad no es un privilegio ni una excepción, sino un derecho. Si algo debería cambiar en 2025, es la idea de que vivir con miedo es normal. Porque no lo es, y nunca debería serlo.

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