Santa Marta, ciudad de historia, turismo y riqueza natural, sigue arrastrando una contradicción que duele y avergüenza: mientras se proyecta como destino internacional, miles de sus habitantes enfrentan diariamente la escasez de agua potable y un deficiente sistema de aseo y saneamiento básico. Esta realidad no es nueva, pero sí cada vez más crítica.
El acceso al agua, un derecho fundamental, continúa siendo intermitente e insuficiente en amplios sectores del Distrito. En muchos barrios el servicio llega por horas, por días alternos o, en el peor de los casos, no llega. Cuando lo hace, no siempre cumple con las condiciones mínimas de potabilidad, obligando a las familias a hervirla, comprar agua embotellada o depender de carrotanques para suplir necesidades básicas como cocinar, asearse o limpiar sus viviendas.
Esta situación no solo afecta la calidad de vida, sino que se convierte en un problema de salud pública. La falta de agua limita prácticas elementales de higiene y expone a niños, adultos mayores y poblaciones vulnerables a enfermedades prevenibles. A ello se suma una red de acueducto obsoleta, con pérdidas constantes y una capacidad claramente superada por el crecimiento urbano y poblacional de la ciudad.
El panorama se agrava cuando se analiza el estado del saneamiento y el aseo. Aguas residuales que afloran en las calles, malos olores persistentes y la contaminación de ríos, quebradas y playas evidencian la precariedad de los sistemas de alcantarillado y tratamiento. En zonas urbanas y corregimientos, los desechos terminan afectando directamente los ecosistemas y deteriorando la imagen de Santa Marta ante propios y visitantes.
La gestión de los residuos sólidos tampoco escapa a esta crisis. La acumulación de basura, la disposición inadecuada de desechos y la falta de cultura ciudadana convierten calles, lotes y cuerpos de agua en focos de contaminación. El problema no se resuelve solo con recolección: se requiere planificación, educación ambiental y un modelo de aseo moderno y sostenible.
Las respuestas institucionales, aunque necesarias, han sido insuficientes. Medidas como el suministro de agua en carrotanques alivian momentáneamente la emergencia, pero no atacan el problema de fondo. Santa Marta necesita soluciones estructurales, inversión seria en infraestructura hídrica, modernización del acueducto, ampliación del alcantarillado y plantas de tratamiento que garanticen un manejo responsable del recurso.
Pero también se necesita voluntad política, transparencia en la gestión y compromiso ciudadano. El agua y el aseo no pueden seguir siendo temas secundarios ni promesas de campaña que se repiten cada cuatro años. Son la base del desarrollo, la salud y la dignidad de una ciudad que aspira a crecer de manera sostenible.
Santa Marta no puede seguir normalizando la escasez ni la contaminación. Garantizar agua potable y un sistema de aseo eficiente no es un lujo, es una obligación. Resolver esta deuda histórica es el verdadero reto para quienes gobiernan hoy y para quienes aspiran a hacerlo mañana. La ciudad y su gente ya han esperado demasiado.
