Una reflexión sobre el dolor de perder a alguien cuando la distancia te niega incluso la despedida

La vida… ¿qué es la vida?
¿Con qué propósito llegamos al mundo? ¿Estamos destinados a algo concreto o simplemente transitamos hasta que, en algún punto, nos toca partir? A veces pienso que venimos con un objetivo invisible, y que, una vez cumplido, nos marchamos… sin importar si apenas comenzábamos a vivir o si ya habíamos recorrido un siglo entero.
Hoy no escribo como periodista.
Hoy escribo como un hombre que perdió a alguien.
Perdí a un amigo. A un hermano de la vida. A alguien que durante años me enseñó, con gestos simples pero firmes, lo que significan la lealtad y el cariño verdadero. Y no hay título, oficio ni palabra técnica que alcance para describir ese vacío.
“Cacha”, como te llamábamos quienes tuvimos el privilegio de conocerte de cerca, quiero pensar —donde sea que estés— que sabes esto: tu recuerdo no se va a borrar. Vive en cada historia compartida, en cada risa que dejaste sembrada, en cada persona que tuvo la fortuna de cruzarse contigo. Porque un amigo no muere cuando se va; muere cuando se le olvida. Y a ti no te vamos a olvidar.
Nadie nos enseña a perder.
Nadie nos prepara para ese momento en el que la vida rompe su propia lógica y nos obliga a aceptar la ausencia. Pero hay algo aún más duro: el duelo a la distancia. Ese que se vive sin abrazos, sin despedidas, sin la posibilidad de mirar por última vez a quien se va. Ese que se sufre en silencio, lejos, como si el dolor tuviera que esconderse entre las sombras.
Duele no estar.
Duele no poder decir adiós.
Duele sentir que la vida siguió su curso en otro lugar mientras uno quedó suspendido en el instante de la pérdida.
Y entonces aparece otro miedo, más silencioso pero igual de profundo: el de los que se quedan. Pensar en la familia, en los amigos, en todos esos rostros que uno dejó atrás sin saber cuándo —o si— volverá a verlos. Entender, de golpe, que la distancia no solo separa cuerpos, también multiplica las incertidumbres. Que la muerte no avisa. Que siempre está más cerca de lo que queremos creer.
Por eso, a ti que estás leyendo esto y tienes a los tuyos cerca, no lo postergues.
Abraza más.
Llama más.
Di lo que sientes sin miedo ni vergüenza.
No esperes el momento perfecto, porque ese momento no existe.
La vida no empieza mañana.
La vida es hoy.
