
En Colombia, la seguridad se ha convertido en un campo de batalla discursivo donde abundan los micrófonos, pero escasean las soluciones. Mientras los ciudadanos ajustan sus rutinas al miedo cotidiano, figuras como Abelardo de la Espriella y Cepeda protagonizan una disputa permanente que parece más pensada para el rating político que para responder a la realidad de los territorios. El país inseguro no se explica en trinos ni en discursos encendidos, sino en las calles donde el Estado llega tarde o no llega.
De la Espriella representa una derecha jurídica que habla con tono de cruzada moral, que promete orden y autoridad, pero que suele simplificar la complejidad del conflicto colombiano reduciéndolo a enemigos claros y castigos ejemplares. Su narrativa conecta con un cansancio social real, pero se queda corta cuando no pasa del señalamiento ideológico y evita una discusión seria sobre las fallas estructurales de la seguridad: corrupción institucional, abandono regional y una fuerza pública atada a vaivenes políticos.
Cepeda, desde la otra orilla, insiste en leer la violencia como consecuencia histórica del conflicto armado y de la exclusión social. Su discurso es necesario para no borrar las causas profundas, pero muchas veces resulta insuficiente frente a la urgencia de la gente que hoy necesita protección, no solo memoria. Reconocer responsabilidades del Estado y de los actores armados no puede convertirse en una coartada para normalizar la expansión del crimen ni la parálisis institucional.
El problema es que mientras estos liderazgos se enfrentan en el plano simbólico, la seguridad en Colombia se deteriora en el plano real. Los grupos armados se reconfiguran, el control territorial se disputa barrio a barrio y la ciudadanía queda atrapada entre discursos maximalistas que no dialogan entre sí. La política de seguridad se vuelve rehén de la polarización: o mano dura sin diagnóstico, o explicación sin contención.
Colombia no necesita más duelos verbales entre figuras mediáticas; necesita una política de seguridad que deje de ser ideológica y empiece a ser efectiva. Mientras De la Espriella y Cepeda sigan hablándole más a sus audiencias que al país profundo, la inseguridad seguirá avanzando en silencio. Y como suele pasar aquí, cuando el ruido baja, los que pagan el precio no son los que discuten en televisión, sino los que viven con miedo todos los días.
