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La violencia que no se fue de los territorios olvidados

El hallazgo de cinco personas asesinadas y desmembradas en una zona rural de La Guajira, ocurrido el pasado 21 de mayo, no debió sorprender a un país acostumbrado a convivir con la violencia, pero sí debió sacudir su conciencia. Más allá del horror del crimen, el hecho volvió a evidenciar una realidad persistente: en amplias regiones de Colombia, la vida humana continuó teniendo un valor secundario frente a los intereses de los actores armados ilegales.

Aquel episodio no fue un hecho aislado ni producto del azar. Respondió a una lógica reiterada de control territorial, economías ilícitas y ausencia estatal que, para entonces, seguía marcando el destino de muchas zonas periféricas del país. Mientras la agenda pública se concentraba en los centros urbanos, comunidades rurales permanecieron atrapadas entre el miedo, el silencio y la desprotección.

Resultó especialmente preocupante que, pese a los discursos oficiales sobre paz y reconciliación vigentes en ese momento, la violencia se manifestara con niveles de sevicia que evocaron los años más oscuros del conflicto armado. La fragmentación de los grupos ilegales y la disputa por corredores estratégicos profundizaron escenarios de inseguridad, dejando a la población civil en medio de disputas que nunca eligió.

La masacre registrada en La Guajira, debió haber servido como un llamado urgente a replantear la presencia del Estado más allá de operativos temporales. Sin una respuesta integral que combinara seguridad, justicia e inversión social, la violencia siguió repitiéndose, convertida en una tragedia cíclica que el país aún no lograba romper.

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