Columna de Opinión
Diego Ramírez Oyola
El proceso de paz entre el Gobierno nacional y Los Pachenca —o Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada— ha entrado en un preocupante punto muerto. Lo que comenzó como una oportunidad para desescalar la violencia en el Caribe colombiano, hoy parece una negociación en declive, atrapada entre la desconfianza y la falta de resultados concretos.
Desde el inicio, el acercamiento no fue sencillo. A diferencia de guerrillas con agenda política, Los Pachenca son una estructura criminal con dominio territorial, control del narcotráfico y vínculos profundos con redes de microextorsión y minería ilegal. Por eso, el Gobierno propuso un espacio de diálogo “sociojurídico”, no político, como vía para su sometimiento. Era un experimento en el marco de la “Paz Total”, una apuesta ambiciosa que buscaba negociar con todos los actores armados al margen de la ley.
Sin embargo, la poca claridad del proceso y los errores de ejecución lo han debilitado. A mediados de este año, Los Pachenca anunciaron la suspensión de su participación tras operativos militares que, según ellos, violaban los entendimientos iniciales de no agresión. La confianza, base mínima de cualquier negociación, se resquebrajó. A eso se suma la falta de avances visibles: ni desarme, ni rutas claras de justicia, ni proyectos comunitarios en las zonas que dominan. La ONU, incluso, se ha negado a acompañar este proceso, restándole legitimidad internacional.
La Sierra Nevada sigue siendo un territorio en disputa. Las comunidades viven entre la presión armada y la desilusión frente a un Estado que promete paz, pero no logra cumplir. La fractura del diálogo con Los Pachenca es más que un revés táctico: es una advertencia. No basta con abrir canales, hay que saber conducirlos. La improvisación, los vacíos jurídicos y los mensajes contradictorios del Gobierno han permitido que la desconfianza gane terreno.
Si el Ejecutivo quiere rescatar este proceso, debe volver a lo básico: garantías, seriedad y resultados. No se puede pedir desmovilización sin ofrecer rutas claras. Tampoco se puede exigir confianza mientras se bombardean estructuras en negociación. La paz, incluso con criminales, también requiere método.
De lo contrario, la “Paz Total” corre el riesgo de convertirse en un concepto vacío. Y la Sierra seguirá esperando, como tantas otras regiones del país, a que la promesa de vivir sin miedo deje de ser una ilusión.

