Marzo se despide en Santa Marta dejando una estela incómoda: muertos que no generan conmoción y crímenes que pasan rápido por el titular antes de perderse en el olvido. El tercer mes del año confirmó una tendencia preocupante: la violencia homicida sigue presente, pero ya no escandaliza, no indigna, no moviliza.
Durante marzo, distintos hechos violentos sacudieron barrios y sectores estratégicos de la ciudad. Asesinatos a plena luz del día, sicariatos en zonas residenciales y muertes que, según versiones oficiales, estarían ligadas a ajustes de cuentas. Sin embargo, detrás de esa explicación repetida se esconde una realidad más profunda: la consolidación de una violencia selectiva que opera con precisión y sin mayor resistencia institucional.
El patrón es conocido. Las víctimas aparecen vinculadas, directa o indirectamente, a economías ilegales, disputas territoriales o redes criminales. Pero marzo dejó claro que el impacto no se limita a quienes están involucrados. Cada homicidio refuerza el miedo colectivo, altera la rutina de los barrios y envía un mensaje silencioso: en Santa Marta, matar sigue siendo posible sin consecuencias inmediatas.
Las respuestas oficiales durante el mes se movieron entre anuncios de investigaciones, consejos de seguridad y promesas de resultados. No obstante, marzo cerró sin capturas contundentes ni esclarecimientos que devuelvan algo de confianza a la ciudadanía. La justicia sigue llegando tarde, cuando llega, y la impunidad continúa siendo parte del paisaje.
Lo más grave es la naturalización de la muerte. En Santa Marta, marzo demostró que el homicidio dejó de ser una alarma para convertirse en estadística. La ciudad aprende a convivir con la violencia, a seguir adelante después de cada asesinato, como si el problema fuera inevitable y no el reflejo de fallas profundas en la seguridad y el control territorial.
Esta normalización no es casual. Es el resultado de años de respuestas parciales, de ausencia de políticas sostenidas y de una desconexión entre las autoridades y la vida real en los barrios. Marzo no fue un mes excepcionalmente violento, y ese es precisamente el problema: fue un mes “normal” dentro de una ciudad que se ha acostumbrado a cerrar cada periodo con muertos sin respuestas.
Así termina marzo de 2024 en Santa Marta. Con homicidios que no hacen ruido, con duelos privados y con una ciudad que parece avanzar resignada, mientras la violencia sigue marcando el ritmo. El verdadero desafío no es solo reducir cifras, sino recuperar la capacidad de indignarse antes de que la indiferencia termine por imponerse
